¿Quiénes son los llamados «hikikomori»? ¿Tienen relación con los ya conocidos «sugomori»? Lo que sí podemos decir de antemano es que estos «hikikomori» se presentan como un desafío para la salud pública japonesa. El video que pueden mirar a continuación nos retrata ese estado de vida específicamente en Tokio.
A grandes rasgos, son personas que siguen viviendo la «vida cómoda» de no tener que salir de sus casas, aun después del encierro por la pandemia.
«Hikikomori»: ¿Un fenómeno nuevo?
No es un fenómeno totalmente nuevo. Ya hace años Japón enfrenta el caso de los «sugomori», que son los internautas –por ejemplo– que, por ahorrar dinero y vivir más cómodos sin salir de sus casas (enfrentando el tráfico y el tiempo perdido en el camino al trabajo, a la escuela y a otras necesidades), prefieren la tranquilidad de sus hogares.
Uno de los problemas con eso es que van creciendo los casos de depresión, por la poca o nula exposición al sol, así como el hecho de no hacer prácticamente ejercicio, lo cual no genera la serotonina que el cuerpo necesita, esa hormona para la alegría, el entusiasmo y el buen sentido anímico.
Estos «sugomori» no llegan a generar una fobia social como los «hikikomori». Pueden salir a trabajar o a estudiar, pero en sus tiempos libres prefieren pasarlo encerrados en sus casas.
Si a todo ello le sumas la cantidad de empresas que hacen delivery y pueden llevarte cualquier cosa a tu domicilio, se puede entender cómo es un fenómeno contra el cual difícilmente se puede combatir.
¿En qué se diferencian los «hikikomori»?
Son un gran desafío para el gobierno. Por ejemplo, basta mencionar que, el año siguiente al encierro por la pandemia, Japón registró un número récord de más de 240 mil estudiantes que no fueron a clase por distintas razones. No todos se quedan sin hacer nada en su casa; algunos cambiaron su estilo de vida.
Ya no quieren ir a clase con tantos compañeros, pero hacen lo mismo, aunque en grupos pequeños en sus casas, aprendiendo bien, y eso cuenta igual que la escuela oficial.
Se consideran «hikikomori» a los que ya llevan más de 6 meses en sus casas, sin hacer cosas productivas para la sociedad. No los confundamos con los «sugomori», que salen a estudiar y trabajar, pero prefieren estar en casa en sus tiempos libres. Los hikikomori son los que se quedan encerrados, a oscuras en sus cuartos, sin hacer nada.
Hay varios tipos: algunos se relacionan con su familia, pero no van a la escuela; la mayoría tiene un gran miedo y ansiedad al futuro y no quieren dar el paso a la universidad o al mundo laboral.
La mayoría permanece, como mínimo, 3 meses encerrada, aunque otros llegan hasta 6 meses, pero mantienen una relación con la familia y reciben ayuda profesional. Mucho más grave son los que pueden pasar años, incluso décadas, encerrados en su cuarto, sin relacionarse con su familia.

¿Qué pueden hacer las familias de «hikikomori»?
La mayoría de las familias no saben cómo enfrentar o ayudar a sus hijos en esa situación. Muchos no piden ayuda. Algunos incluso los «defienden», pues dicen que no hacen nada malo, que no dañan a la sociedad, y concluyen: «déjalo ahí».
Así nunca se soluciona nada. Algunos se esfuerzan, pero otros recurren a la violencia y culpan a los mismos «hikikomori». Lo mejor es proponer visitas no oficiales, sin decir que se vienen médicos. Lo peor es obligarlos o decir que son los culpables.
Muchas veces los «hikikomori» pasan un tiempo y mejoran, pero otros pasan tanto tiempo que ya no pueden reinsertarse en la sociedad. Hay muchos que ya tienen más de 40 a 50 años, y sus padres, que ya son muy mayores, algunos están muriendo y no se sabe qué se va a hacer. Es un problema que todavía no tiene una salida o respuesta clara.
Un «botón de muestra» para lo que pasa en nuestras sociedades
Creo que, más allá de referirnos a ese problema específico descrito en Japón, podemos ver rastros de esos “hikikomori” como características que van moldeando nuestra cultura actual.
No es novedad para nadie –así lo espero– que el individualismo y el egocentrismo son cada vez más el “pan de cada día”. Ese encerrarse en sí mismo lleva a una tristeza creciente, que redunda en depresiones, porque –en realidad– somos personas creadas y llamadas al encuentro.
Por último, a continuación, quiero hablarte de un par de puntos clave en los que percibo lo dañino y muy pernicioso de esta actitud autorreferente cada vez más imperante.
La falsa felicidad
Todos queremos ser felices y, cada vez más, se habla de la felicidad en nuestros días. Pareciera que hay un boom de la felicidad o «well-being», como se dice en los Estados Unidos. El gran problema es que se tiene muy mal comprendida esa felicidad, que es un anhelo auténtico que radica en todos nuestros corazones.
Se cree que la felicidad es una búsqueda de satisfacción personal. Se confunde con sentirse bien o colmar las propias expectativas, a veces incluso sin preocuparse por la forma en que se trata a los demás. Así entendida, la felicidad se sitúa en el nivel raso de las emociones y es una veleta de las variaciones constantes de nuestro ánimo.
Otros equiparan la felicidad a la alegría. Es bueno si pudiésemos estar siempre alegres, pero sabemos que es algo imposible. Entendida así, cualquier tipo de sufrimiento o cruce que enfrentamos son experiencias que nos imposibilitan –ojo– sentirnos felices. La alegría es, incluso, una virtud muy importante para la vida, pero no se puede confundir con la felicidad.
La auténtica felicidad –por mencionar algo muy sencillo, pero fundamental– es el sentido trascendente que le das a tu vida. En última instancia, el amor. Es decir, un sentido que te hace salir de ti mismo, preocuparte por los demás, buscar altos ideales con los cuales comprometerte y, por lo tanto, te lleva a quitar la mirada de ti mismo.
Soy feliz mientras ayudo a que los demás sean felices. Además, la felicidad –como «fin último» de esta vida– sabemos que no la vamos a vivir nunca del todo aquí en la tierra, sino tan solo cuando colmemos todas nuestras expectativas en el Cielo. Pero esto ya sería motivo para otro artículo.
Una caricatura del amor
Seguramente, la palabra amor es una de las más vilipendiadas en nuestra cultura actual. Lo peor es que pocos son los que pueden dar una explicación o definición auténtica del amor.
Puede significar desde un sentimiento hermoso que tengo por mi enamorada, una relación romántica que tengo en una fiesta de sábado por la noche, hasta una actitud muy filantrópica que tengo por una persona, lo cual me hace sentir muy bien.
Si pueden darse cuenta, algo en común que tienen todas estas –y podríamos mencionar más– caricaturas del amor es que siempre están referidas a uno mismo. En realidad, lo primero que debemos decir sobre el amor es que nos lleva a salir de nosotros mismos. Implica entrega, donación, magnanimidad, servicio y generosidad. En segundo lugar, los sentimientos y emociones pueden estar muy bien, pero lo fundamental es que el amor es un acto libre de la voluntad.
Esto es clave. Yo amo a alguien porque decido, conscientemente y con el ejercicio de mi libertad, comprometerme responsablemente por otra persona. Eso me lleva a que, muchas veces, los sentimientos no van de la mano. Hay cosas que hacemos por ese amor de entrega que exigen esfuerzo y sacrificio, y no nos generan ningún sentimiento de placer.
Piensen en una madre al dar a luz o en las noches en vela que viven los papás cuando aún son bebitos sus hijos. Incluso puedo estar triste por algún sufrimiento, pero dándole un sentido auténtico a mi vida. Sufro por una enfermedad de mi esposa, sufro porque perdí mi empleo, porque un ser querido falleció o porque, hace tiempo, siento un profundo vacío existencial.
Pero sigo adelante con paz y serenidad porque vivo una vida que está enmarcada en ese amor. Y si es un amor a Dios, aún mejor, pues es una relación que nos brinda seguridad y estabilidad en cualquier tipo de adversidad.
Y una nota final
Me parece comprensible –o, por lo menos, explicable– cómo podemos ver fenómenos como los “hikikomori”. Creo que, hace décadas, las redes sociales, los medios de comunicación y las cada vez más increíbles formas de entretenernos nos van llevando a alejarnos de esa felicidad, así como del amor auténtico.
Vamos, poco a poco, invirtiendo nuestros valores y olvidándonos de que lo esencial es el encuentro con el otro, principalmente, el Otro, con «O» mayúscula.
Si seguimos por el sendero de la satisfacción personal, la búsqueda excesiva por el triunfo y el éxito autorreferencial, sumado a un modo de vivir utilitarista, pragmático y cada vez más llevado a la técnica, nos alejaremos de la comunión que estamos llamados a vivir entre nosotros, manifestando en la sociedad el amor que nos invita a vivir Jesucristo, nuestro Señor.
Autor: Pablo Perazzo (Catholic-Link)